domingo, 16 de noviembre de 2008

Solo*

Tenías que meter primera para subir la cuesta de grava. El ruido del tubo de escape se hacía entonces insoportable. Oigo, como si fuera ahora, el sonido de las ruedas derrapando en la tierra. Enseguida salía la abuela. La veíamos al final de la cuesta, en una esquina de la casa roja, secándose las manos con el delantal. Parecía que siempre estuviese fregando los platos. La abuela saludaba de una forma que me resultaba exagerada y, cuando pasábamos a su lado antes de aparcar en la era, se acercaba mucho a mi ventanilla y corría junto al coche como un perro excitado, y su sonrisa y su gesto de alegría me producían malestar y pensaba que, si seguía acercándose tanto al coche, las ruedas le pasarían por encima de los pies. Cuando frenabas, la abuela abría la puerta, me arrastraba afuera agarrándome del brazo (tenía unas manos fuertes y nerviosas) y me aplastaba contra su vientre y me daba besos sonoros en la cabeza y yo, como un muñeco de trapo, me dejaba hacer. Después, la abuela abría la portezuela del maletero, cogía mi bolsa y cerraba de golpe. Te molestaba mucho ese portazo excesivo de la abuela. Desde el exterior, te veíamos levantar las manos y golpear el volante y te oíamos decir cosas en voz alta pero no llegábamos a entenderte.
Nunca bajabais del coche. Os limitabais a saludar con la cabeza y a dar la vuelta para deslizaros cuesta abajo en punto muerto. Cuando el haz de luz de los faros y el sonido del motor se perdían en el bosque, la abuela me tapaba con su chal y me conducía de los hombros hacia la casa dando pasos cortos y rápidos, arrastrando sus zapatillas de fieltro negro. La abuela cerraba los portones de madera vieja, los atravesaba con una barra de hierro y giraba una llave muy grande. Después, hacía que me sentara en una sillita de plástico trenzado frente a la chimenea y se iba, canturreando, a preparar la cena. Yo me quedaba allí sin saber qué hacer, mirando el fuego o viendo, a través del ventanuco, las hojas de la morera recortadas en el cielo azul oscuro. El abuelo siempre estaba en la mecedora, leyendo el periódico o perdido entre las grietas del techo. Nunca le oí hablar. Nunca me miró ni me dirigió un gesto. A veces se quedaba dormido con la boca abierta y un poco doblada. Emitía una especie de ronquido agónico. Ese ruido y el que hacía al sorber la sopa fueron los únicos sonidos que le conocí.
Cenábamos en la cocina, al calor de una estufa de butano que la abuela me ponía siempre cerca y me hacía sudar. Era una mesa de madera sencilla y robusta. Comíamos en platos esmerilados de color caramelo y los cubiertos nunca hacían pareja. No hablábamos mucho durante la cena, quizás debido a la presencia silenciosa y apabullante del abuelo. Es posible que la abuela me preguntara algo sobre el colegio pero lo cierto es que no recuerdo que habláramos de nada. Cuando terminábamos de cenar, la abuela preparaba la bolsa de agua caliente y me llevaba a mi habitación. Me ayudaba a ponerme el pijama, metía la bolsa en la cama y me acompañaba al cuarto de baño. La abuela me sujetaba el pito mientras hacía pis. Yo miraba el vapor que salía de las paredes del retrete y las uñas desconchadas de la abuela agarrándome el sexo y sentía su aliento en mi nuca. Luego, me sacudía las últimas gotas y me conducía a la habitación.
Mientras yo apartaba la manta para entrar en la cama, ella cerraba las contraventanas y echaba las cortinas, una costumbre que me parecía absurda. A pesar de la bolsa de agua caliente, al principio la cama estaba fría y húmeda. Las sábanas eran gruesas y ásperas y los remiendos me rozaban las piernas. La abuela remetía la manta y la colcha concienzudamente, hasta quedar satisfecha. Se aseguraba de que yo estuviera bien comprimido, me besaba la frente y se iba. Yo me esforzaba por seguir el sonido de sus zapatillas deslizándose por el suelo de mosaico. La abuela iba apagándose hasta perderse. Entonces me quedaba solo.

*Extirpado del relato "Frío".

sábado, 27 de septiembre de 2008

Londres*

Se acercó a la barandilla del Millenium Bridge. Se quedó pensativo mirando las sucias aguas del Támesis. Extrajo del bolsillo una pequeña libreta encuadernada en piel. Pasó las hojas de su diario con desdén. Retuvo algunas palabras sueltas. Cada una de ellas le remitía a distintas historias que, en definitiva, eran la misma. Finalmente, su mirada se detuvo unos instantes en la última página, en la última frase escrita hacía un rato en el autobús. Cerró el diario y, sin más, lo lanzó al aire. Mientras lo veía caer al río como un pájaro muerto, se sintió tan libre como asustado. Justo antes de que tocara el agua, un fuerte golpe de viento llevó el diario bajo el puente. Desconcertado, porque incluso este acto anárquico debería haber respondido a un cierto orden que el viento había desbaratado, corrió hacia la otra barandilla con la esperanza de que la libreta cruzara también el puente. Se quedó un rato absurdamente largo esperando ver aparecer flotando en el aire, contra toda ley física, los restos de una identidad que había sido, o aún era, la suya. Solía creer que cosas imposibles como ésta podrían llegar a ser. Tan sólo quería ver su vida hundirse en el río pero no vio más que la agitación de las aguas verdes.

* Extirpado del relato "Viajar".



Londres 1*

La gente que entraba y salía del museo, el beso de aquella pareja y, sobre todo, el alboroto de unos niños allá al fondo le hicieron sentirse terriblemente solo. Transitó por las salas del museo arrastrando su maleta, mirando al suelo hasta que, sin razón aparente, levantó la vista y se perdió en las curvas infinitas de un cuadro de Pollock. Cuando volvió en sí fue a sentarse en un banco frente a la cristalera del cuarto piso. Desde allí contempló la inmensidad del patio gris, un espacio gélido atravesado por algún tipo de arte al que llamaban instalación, gruesos tubos de metacrilato que se entrecruzaban en el aire. Los visitantes del museo, personas a las que nunca llegaría a conocer, se deslizaban por esos toboganes de tiempo con las manos en el pecho, como amarrándose el alma para no perderla. Se dirigió a la cola. Al llegar su turno, se tumbó en la boca del tubo. El funcionario que anotaba el número de usuarios de la instalación accionó el contador con el pulgar y, mecánicamente, dijo go. Le hubiera gustado saber qué número le correspondía pero, aún más, que el maldito funcionario le devolviera la mirada. Tomó un leve impulso y comenzó a caer. Abrió las manos y entró suavemente en el cuadro de Pollock. Flotó en un tiempo medio y sintió el color y vio el orden del trazo y entendió la estructura simple, matemática, que daba un sentido evidente al aparente caos. Y, mientras viajaba por la pintura, pudo ver de frente su propio caos al que había impuesto el orden de sus manías y ritos absurdos y supo, sin más, que podría vivir en él.
Aterrizó súbitamente sobre las colchonetas dispuestas en la planta baja. Se incorporó lentamente y miró desconcertado a su alrededor. Un puñado de desconocidos le sonreían con complicidad, como diciendo yo también lo he sentido. Nada más alejado de lo cierto, pensó. Se dirigió hacia la salida y, al poco, se dio cuenta de que no llevaba la maleta consigo. Miró hacia arriba y la localizó junto al ventanal de la cuarta planta, detrás del funcionario que, justo entonces, apretó el contador de personas anónimas y giró la cabeza, de forma imprevisible pero necesaria, para cruzar la mirada con él. Saludó con la mano al funcionario y salió del museo sabiendo que no tenía cabos a los que aferrarse o que, al menos, ya no los necesitaba.

* Extirpado del relato "Viajar".